Las hadas nos enamoramos tantas veces como nos lo permiten las historias que vivimos. No siempre una historia conlleva enamorarse, pero la mayoría de las veces, un amor trae consigo una historia. A veces la suya propia que se mezcla con la nuestra. Otras veces, ese encuentro propicia la construcción de una nueva historia y así sucesivamente. ¿No ha quedado claro ya que me alimento de historias?. Al convertirme en hada, las historias vividas adquirieron una nueva dimensión, al igual que la importancia que yo le daba al amor correspondiente.
Las hadas jugamos, jugamos mucho y jugamos con todo, En mi caso, juego con la paciencia de creer controlar el hasta cuando ha de durar la historia, cuando lo que realmente hace la historia conmigo, es jugar al hasta donde. Luego ocurre que el ritmo del olvido es directamente proporcional a la importancia que le haya dado a lo olvidado. En las medidas pasa como con todo, que si te quedas corta o te pasas, el resultado no es el deseado. Con los Gin Tónics pasa igual, un exceso de una de las partes o el defecto de las mismas, hace que su sabor varíe desproporcionadamente.
A veces, el misterio está en la misma mezcla. Y el misterio en ocasiones, no es mas que el lado oscuro de lo cotidiano y de la frecuencia. Incluso la mas excitante de las historias o tomarte muchas copas puede desembocar en pura rutina.
Las hadas, una vez hemos aceptado en lo que nos hemos convertido, estamos hechas principalmente de historias, de nuestras historias. Son las que nos configuran como individuas de la especie, lo único que nos hace diferentes y hace de nuestra vida una experiencia mágica e irrepetible. Ser capaz de vivir estas historias y de contarlas es lo que nos convierte en fantasía a ojos de los demás. Si la experiencia de convertirte en hada es lo que acabamos siendo, la intuición es lo que podemos llegar a ser.
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lunes, 5 de septiembre de 2011
domingo, 4 de septiembre de 2011
- DOS -
Mi vida hasta entonces pocas veces se rigió por ese destino, mas bien fue un suceso de historias entrelazadas que, muchas veces partían de un deseo, de algo que quería conseguir o simplemente vivir. Y la mayoría de las veces se fraguaban en el simple deseo. Desear a algo o a alguien era algo así como querer beberme de un trago, a parte del Gin Tónic, un pedazo de vida. Era como querer saborear lo que me estaba sucediendo de una forma apresurada y hasta el fondo, como beberte el último trago antes de que se caliente tu copa.
Esas historias exigían todo mi tiempo, toda mi energía y gran parte del amor que somos capaces de generar. Las historias sucedían y aún hoy siguen sucediéndome cuando necesito vivir dos vidas, la real y la deseada, siempre dejo que suceda así. En esos casos, siempre aparece alguien que me acompaña el tiempo que dura la historia. A veces, presiento su llegada antes de encontrarme a esa persona, otras, simplemente aparece después del consabido escalofrío en mi espina dorsal. Siempre con nombres diferentes y siempre marcados por la misma mirada y la misma peculiaridad: la búsqueda. Suelo tener una cierta facilidad para toparme con personas que buscan algo, que ni ellos ni yo sabemos qué es. Cuando lo que ocurre es que acabamos por encontrarlo, rara vez sucede que sea yo a quien buscaban. Si no llegamos a saberlo, la historia se alarga y dilata en el tiempo hasta diluirse poco a poco en el recuerdo de lo vivido.
Cuando la historia termina y la persona desaparece, te ahogas en la ausencia durante un tiempo y sientes que no hechas de menos a la persona que has querido, sino que hechas de menos a la parte de ti que se ha llevado con ella. Durante un tiempo, la parte que te falta prevalece y lo que mas cuesta es volver a encontrar la fuerza para poder seguir y volver a la vida que antes tenías. Podrías pasarte horas intentando encontrar una explicación a lo que has sentido, lo que has pensado o lo que has vivido. En intentar entender en qué o quien te has convertido, pero lo mas probable es que no encuentres palabras para ello. No existe ninguna palabra que puedas utilizar para dirigirte a ti y darte a entender que la historia vivida y su mezcla de sentimientos y pensamientos, sólo te dejan una sensación para que cada vez que la vuelvas a sentir, te ayude a comprenderlo todo.
Cuando te conviertes en hada, y eso nos pasa a muchas mujeres, lo que ocurre es que no estamos atentas a la transformación, empieza a ser un poco mas fácil aceptar que la consecución de historias no es mas que una forma de mantenernos en equilibrio con el mundo. Un mundo que, hasta la fecha, todavía cuestiona nuestra existencia, nos sigue encasillando en cuentos fantásticos y que le dice a sus pequeños que no existimos. Un mundo que no se ha parado a mirar que hay en el fondo de una copa de Gin Tónic.
Esas historias exigían todo mi tiempo, toda mi energía y gran parte del amor que somos capaces de generar. Las historias sucedían y aún hoy siguen sucediéndome cuando necesito vivir dos vidas, la real y la deseada, siempre dejo que suceda así. En esos casos, siempre aparece alguien que me acompaña el tiempo que dura la historia. A veces, presiento su llegada antes de encontrarme a esa persona, otras, simplemente aparece después del consabido escalofrío en mi espina dorsal. Siempre con nombres diferentes y siempre marcados por la misma mirada y la misma peculiaridad: la búsqueda. Suelo tener una cierta facilidad para toparme con personas que buscan algo, que ni ellos ni yo sabemos qué es. Cuando lo que ocurre es que acabamos por encontrarlo, rara vez sucede que sea yo a quien buscaban. Si no llegamos a saberlo, la historia se alarga y dilata en el tiempo hasta diluirse poco a poco en el recuerdo de lo vivido.
Cuando la historia termina y la persona desaparece, te ahogas en la ausencia durante un tiempo y sientes que no hechas de menos a la persona que has querido, sino que hechas de menos a la parte de ti que se ha llevado con ella. Durante un tiempo, la parte que te falta prevalece y lo que mas cuesta es volver a encontrar la fuerza para poder seguir y volver a la vida que antes tenías. Podrías pasarte horas intentando encontrar una explicación a lo que has sentido, lo que has pensado o lo que has vivido. En intentar entender en qué o quien te has convertido, pero lo mas probable es que no encuentres palabras para ello. No existe ninguna palabra que puedas utilizar para dirigirte a ti y darte a entender que la historia vivida y su mezcla de sentimientos y pensamientos, sólo te dejan una sensación para que cada vez que la vuelvas a sentir, te ayude a comprenderlo todo.
Cuando te conviertes en hada, y eso nos pasa a muchas mujeres, lo que ocurre es que no estamos atentas a la transformación, empieza a ser un poco mas fácil aceptar que la consecución de historias no es mas que una forma de mantenernos en equilibrio con el mundo. Un mundo que, hasta la fecha, todavía cuestiona nuestra existencia, nos sigue encasillando en cuentos fantásticos y que le dice a sus pequeños que no existimos. Un mundo que no se ha parado a mirar que hay en el fondo de una copa de Gin Tónic.
sábado, 3 de septiembre de 2011
- UNO -
Las hadas no beben néctar de flores, ellas beben Gin Tónic. También cerveza, litros y litros de cerveza. A veces beben hasta no poder mas. Después mueren para renacer de nuevo y seguir bebiendo.
Al menos, todas las hadas que conozco hacen así. Lo sé porque yo soy una de ellas.
Empecé a ser una hada pasada la treintena. Antes fui princesa, acróbata, puta, actriz y ladrona, y no precisamente por este orden.
A los 28 se me rompió la vida y a los 33 afloró con una fuerza estremecedora la hada que habitaba escondida bajo mi piel. Me sobrecogió intentando ahogar mis ideas preconcebidas, cuestionando mis principios y batallando por rasgar mis hipócritas vestiduras.
El proceso empezó, primero sutilmente, muy despacio, y a golpe de predecir situaciones, acontecimientos y sucesos sencillos. Sorprendiéndome sabiendo de antemano qué sucedería a los pocos minutos de haber tenido un pensamiento o una presunción.
A veces me quedaba en blanco, embobada, mirando a la nada, poco antes de que apareciese por la puerta justo la persona en quien estaba pensando.
Otras veces, un airecillo frío se instalaba en mi nuca o subía por mi espalda, anunciando una oportuna llamada telefónica o una visita inesperada en casa.
Y, en ocasiones, me bastaba con desear alguna cosa, para conseguirla de inmediato.
Es el destino, solía pensar. Pero, hasta la fecha el destino había sido conmigo caprichoso, impredecible e incluso decepcionante. Nunca nada era lo esperado, ni mucho menos lo deseado. Aunque, también hasta la fecha, frecuentemente había sido lo conveniente.
(Voy a prepararme un Gin Tónic y sigo en un ratito...)
Al menos, todas las hadas que conozco hacen así. Lo sé porque yo soy una de ellas.
Empecé a ser una hada pasada la treintena. Antes fui princesa, acróbata, puta, actriz y ladrona, y no precisamente por este orden.
A los 28 se me rompió la vida y a los 33 afloró con una fuerza estremecedora la hada que habitaba escondida bajo mi piel. Me sobrecogió intentando ahogar mis ideas preconcebidas, cuestionando mis principios y batallando por rasgar mis hipócritas vestiduras.
El proceso empezó, primero sutilmente, muy despacio, y a golpe de predecir situaciones, acontecimientos y sucesos sencillos. Sorprendiéndome sabiendo de antemano qué sucedería a los pocos minutos de haber tenido un pensamiento o una presunción.
A veces me quedaba en blanco, embobada, mirando a la nada, poco antes de que apareciese por la puerta justo la persona en quien estaba pensando.
Otras veces, un airecillo frío se instalaba en mi nuca o subía por mi espalda, anunciando una oportuna llamada telefónica o una visita inesperada en casa.
Y, en ocasiones, me bastaba con desear alguna cosa, para conseguirla de inmediato.
Es el destino, solía pensar. Pero, hasta la fecha el destino había sido conmigo caprichoso, impredecible e incluso decepcionante. Nunca nada era lo esperado, ni mucho menos lo deseado. Aunque, también hasta la fecha, frecuentemente había sido lo conveniente.
(Voy a prepararme un Gin Tónic y sigo en un ratito...)
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